El entorpecimiento motor en las personas con demencia tiene especial importancia porque supone un cambio significativo en la necesidad de cuidados, y genera un aumento  en el grado de dependencia. Los trastornos motores puede mostrarse como síntomas acompañante al propio deterioro cognitivo desde las primeras etapas, como ocurre en la demencia con Cuerpos de Lewy (DCL), y son muy frecuentes desde un principio en la demencia vascular y en algunos casos de demencia fronto-temporal (DFT), pero pueden también ir apareciendo en la enfermedad de Alzheimer (EA), y es casi constantes en las fases avanzadas de la enfermedad.

En las personas mayores, fruto del propio envejecimiento, y sin asociar necesariamente deterioro cognitivo, también se presentan diversos síntomas de torpeza. En este sentido se definió el término síndrome de riesgo cognitivo-motor (SRCM), para justificar síntomas cognitivos y enlentecimiento de la marcha, en pacientes mayores sin demencia ni discapacidad motora. En 2005 se realizó un estudio (1) sobre más de 25.000 adultos de más de 60 años sin demencia, para analizar la prevalencia del SCRM y su asociación con deterioro cognitivo. En este trabajo se analizó el empeoramiento en test psicométricos, y se midió la velocidad de la marcha. La prevalencia global del SRCM fue del 9,7%, y aumentaba con la edad. El riesgo de desarrollar deterioro cognitivo fue entre 1,5 y 2,7 veces mayor en los que presentaba SRCM por lo que los autores lo consideraban un factor de riesgo precoz y defendían su identificación en población anciana.

En la EA la presencia de signos motores tiene valor predictivo de empeoramiento cognitivo, y de mayor riesgo de institucionalización, o fallecimiento. En un estudio publicado en 2014 (2) para valorar la influencia de los síntomas motores en la evolución de una serie de 533 pacientes con EA, su presencia se asociaba con un mayor riesgo de empeoramiento en la capacidad cognitiva, y funcional, y en especial las alteraciones posturales y de la marcha que traían consigo un mayor riesgo de institucionalización y de fallecimiento.

En la demencia en estado avanzado el entorpecimiento motor tiene importantes consecuencias por el alto riesgo de caídas, y el aumento en la necesidad se supervisión, y grado de dependencia que ello supone. Las causas son múltiples e incluyen cambios específicos de la propia enfermedad en la función motora, además del comportamiento y la cognición. Recientemente se ha publicado un artículo (3) con el objetivo de identificar los factores que determinan las alteraciones de la movilidad en la demencia, mediante una metodología denominada Delphi. Mediante este procedimiento aplicado a 36 expertos se llegó a un consenso sobre los principales elementos a tener en cuenta. Estos fueron: los síntomas parkinsonianos, la presencia de trastorno de la marcha, el historial de caídas, la impulsividad, la agitación, el momento de las transferencias, y control de la postura. Para la prevención de caídas en las personas mayores con deterioro cognitivo las estrategias empleadas tienen un éxito limitado. En un estudio reciente (4) donde se estudiaban los factores de riesgo de aparición de caídas en personas con deterioro cognitivo, se pudo establecer una relación directa entre cognición y las alteraciones de la marcha. La función ejecutiva y la función motora están estrechamente relacionadas, tanto a nivel neuroanatómico como clínico, y ha podido ser confirmada en estudios de neuroimagen. La función ejecutiva es el dominio cognitivo más comúnmente asociado con la disfunción de la marcha, y dentro de esta, la atención, la integración sensorial y la planificación motora son los subdominios de la función ejecutiva principalmente asociados con el riesgo de caídas a través de la disfunción de la marcha. La flexibilidad cognitiva, el juicio y el control inhibitorio afectan el riesgo de caídas por cambios en el comportamiento con exceso de exposición, y asumir riesgos. La comorbilidad y la interacción entre los trastornos de la marcha y el deterioro cognitivo son los principales factores que justifican la alta prevalencia de caídas en adultos mayores con demencia. En este trabajo se insiste en la importancia de la evaluación de la marcha y la evaluación cognitiva, y en especial de la función ejecutiva, y en las estrategias específicas para su prevención como el entrenamiento personalizado de la marcha y la modulación conductual en las personas con demencia.

En definitiva, en las personas con demencia además de los múltiples dominios cognitivos afectados, y las alteraciones del comportamiento, los síntomas motores y el consecuente riesgo de caídas suponen un problema de primer orden. La identificación precoz además del valor en sí mismo como marcador de un mayor deterioro, es de fundamental importancia para potenciar medidas de actividad física y fisioterapia.

Bibliografía

  1. Nikolaos Scarmeas et al. Motor signs predict poor outcomes in Alzheimer disease. Neurology2005;64:1696-1703.
  2. Joe Verghese, Cedric Annweiler, Emmeline Ayers, Nir Barzilai, Olivier Beauchet, David A. Bennett et al. Motoric cognitive risk syndrome. Neurology 2014
  3. Van Ooteghem K, Musselman KE, Mansfield A, Gold D, Marcil MN, Keren R,Tartaglia MC, Flint AJ, Iaboni A. Key factors for the assessment of mobility in advanced dementia: A consensus approach. Alzheimers Dement (N Y). 2019 Aug 31;5:409-419
  4. Zhang W, Low LF, Schwenk M, Mills N, Gwynn JD, Clemson L. Review of Gait, Cognition, and Fall Risks with Implications for Fall Prevention in Older Adults with Dementia. Dement Geriatr Cogn Disord. 2019;48(1-2):17-29.

Dr. Javier Ruiz-Martínez

Unidad de Trastornos del Movimiento

Servicio de Neurología

Hospital Universitario Donostia

Área de enfermedades Neurodegenerativas

Instituto de Investigación Biodonostia