El GritoRecoge el diccionario de la Real Academia Española que miedo es “angustia por un riesgo o daño real o imaginario”. Es evidente que nos encontramos ante una pandemia que es real, pero que, quizá, por un exceso de información, estemos también ante un hecho sobredimensionado y, en consecuencia, un tanto imaginario.

Son tantas las personas que han sufrido la enfermedad y tantas las familias que han pagado muy caras las consecuencias de la pandemia que lo primero que quiero hacer es rendir un merecido recuerdo y enorme respeto a todas estas personas y tener mucha cautela con la enfermedad.

Sin querer quitar importancia ni la enfermedad ni a sus consecuencias, creo que estamos asistiendo a un exceso de información, en muchos casos sesgada, que nos está llevando a desmedir la enfermedad, a cambiar demasiados hábitos de vida y, a veces, hasta adoptar conductas ilógicas e irracionales.

Hablamos a diario de cifras de muertos, si son treinta y cinco mil en España, quinientos mil en el mundo…etc. y, como siempre, no sabemos si hablamos de muertos por coronavirus o muertos con coronavirus. Es decir, personas que por sus edades o patologías previas hubieran podido morir sin la incidencia del virus. Todos los días nos bombardean sobre la situación y alcance de esta pandemia que está desbordando el miedo a la pandemia. Esta es la parte que a mí más me interesa: la pandemia del miedo.

Por indicar sólo unos datos, conviene recordar que, sólo en España, mueren al año cuatrocientas cincuenta mil personas por todas las causas. Más de cuarenta y cinco mil por gripe común. No tengo dudas de que cuando lleguemos a 31 de diciembre, el número de fallecidos del año será, previsiblemente, superior a la media de los años anteriores pero en cifras realmente poco significativo no creo que el incremento sea superior al 2% o el 3%, como mucho. No obstante, cuando estamos hablando de personas, hablar de números es frío, aséptico, pero la medicina moderna y, mucho más, la epidemiología, tiene mucho de ciencia estadística.

Es claro que, sin necesidad de ser epidemiólogo, la solución rotunda y definitiva para una pandemia como esta sería aislar durante quince o veinte días a todas las personas del mundo y que nadie se relacionara con nadie en esos días; no hay duda de que, así, desaparecería el virus; éste, otro montón de virus y no sabemos cuántas personas. Eso sin hablar de las consecuencias económicas futuras y no acepto la dicotomía economía salud: pues no hay salud sin economía y no hay economía sin salud.

Por lo tanto, entre adoptar soluciones extremas y no hacer nada, como siempre, hay que buscar un equilibrio razonable: tomar todas las precauciones personales que nos recomiendan y esperar que gracias al trabajo de los sanitarios, al rastreo de los casos y a la vacuna, cuando llegue, esta pandemia sea pronto un mal recuerdo. Pero, no nos olvidemos de que hasta que la pandemia y el miedo pasen a formar parte del pasado, tenemos que vivir.

Este vivir lo más pleno posible, es lo que más me importa. Vivir es lo más importante y el miedo no nos puede abrumar diariamente ni cercenar de modo continuado nuestra forma de vida. Hay que ir a trabajar, al colegio, hacer deporte, ver a los amigos, ver a la familia y, sobre todo, visitar a nuestros mayores y compartir nuestros afectos.

Desgraciadamente, en esta búsqueda del equilibrio entre la lucha contra la pandemia y la celebración de la vida, las autoridades y los medios de información han infantilizado a la sociedad al utilizar el miedo y, a veces, diría yo, que hasta el pánico, creyendo que es la forma de conseguir que nos comportemos responsablemente y adoptemos las medidas de prudencia que la situación requiere. Pero ¿no sería suficiente con apelar al comportamiento cívico individual y a la responsabilidad de la sociedad, incluso haciendo campañas de concienciación?

Como ya he avanzado, me preocupa especialmente el miedo y el pánico que ha creado esta forma de actuar, sobre todo, en las personas mayores, por no hablar de cómo se está culpabilizando a grupos por esta pandemia (jóvenes, emigrantes, etc.).

El otro día me contó un conocido que sus suegros de ochenta y pico años que viven con ellos, desde hace más de cuatro meses, comen a una hora distinta del resto de la familia y se saludan por el pasillo manteniendo una importante distancia. No es que me pareciera mal, es que sentí tristeza porque a unas personas de una edad avanzada, con una expectativa de vida, lógicamente, corta, se les esté quitando tanto tiempo de vivir.

Porque, vivir es comer con la familia. Vivir es abrazar a los nietos.

No quiero con esto decir que no haya que mantener, en determinados casos, distancias físicas ni tomar medidas prudentes, pero debemos equilibrar la adopción de las medidas precautorias y el distanciamiento de las muestras de afecto.

Ahora que parece que no nos podemos saludarnos ni con del codo, sino que debemos hacer una inclinación de cabeza, como los orientales, o ponernos una mano en el corazón, como si sonara un himno nacional, reivindico la necesidad de un contacto, ese gran valor que siempre se ha dicho que teníamos los pueblos mediterráneos: la fuerza de un abrazo.

Fermín del Rio Sanz de Acedo