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El año 2020 será recordado como el año de la pandemia causada por la COVID-19 que ha provocado que se tomen medidas restrictivas a nivel mundial.

Durante los primeros meses del año las personas de diferentes lugares del planeta nos enfrentamos a una situación que, para la gran mayoría, era completamente desconocida: el confinamiento domiciliario.

Como bien sabemos, esta situación suponía, por una parte, la restricción de las actividades socioeconómicas y, por otra, la limitación de las relaciones sociales a personas convivientes.

Poco a poco, y gracias a las múltiples investigaciones que se han realizado durante el 2020, hemos ido sabiendo más acerca de los síntomas, causas y consecuencias de la COVID-19, pero, ¿Qué sabemos sobre el impacto que ha tenido tanto el virus como las medidas para frenar los contagios en la salud mental? ¿Existen diferencias en los distintos grupos de edad?

Como hemos mencionado, una de las restricciones más severas ha sido el confinamiento domiciliario y la consiguiente limitación de las relaciones sociales. Esta medida ha despertado el interés de varios investigadores por la posible consecuencia que puede tener en los niveles de sentimientos de soledad, sobre todo en las personas consideradas como “de alto riesgo” como son las personas mayores y, quienes han tenido que cumplir con estas medidas durante más tiempo que personas de otros grupos de edad (Armitage & Nellums, 2020).

Ahondando un poco más en el constructo de la soledad, hay que decir que es una importante cuestión de salud pública ya que sus consecuencias físicas y psicológicas están ampliamente demostradas. En cuanto a las consecuencias físicas, varios trabajos han demostrado la relación entre los sentimientos de soledad y peor funcionamiento del sistema inmunitario (Cole et al., 2007; Hackett et al., 2012; Walker et al., 2019), relacionado a su vez con cuadros de estrés crónico, depresión y aumento de factores de riesgo vasculares (Dowlati et al., 2010) así como enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares y enfermedades coronarias (Steptoe et al., 2004; Valtorta et al., 2016). Por último, la soledad también se ha relacionado con una mayor tendencia al consumo de tabaco, alcohol y un estilo de alimentación poco saludable (Hawkley y Cacioppo, 2003).

Sobre las consecuencias psicológicas, la soledad se ha relacionado con un incremento del riesgo de desarrollar alguna enfermedad mental, entre los que destacan la depresión, el trastorno de ansiedad generalizada y la ideación suicida (Beutel et al., 2017); además se ha observado un mayor riesgo de desarrollar un deterioro cognitivo y/o algún tipo de demencia (Boss et al., 2015; Donovan et al., 2017; Gerst-Emerson & Jayawardhana, 2015; Kuiper et al., 2015).

A lo largo de este 2020 se han realizado varios estudios transversales relacionados con los sentimientos de soledad en diferentes países. En general se ha podido observar mayores niveles de soledad durante el presente año.

En los datos respectivos a la población española, los trabajos han llegado a la conclusión de que las mujeres, los adultos jóvenes de entre 18 y 29 años y los estudiantes han referido unos niveles más altos de soledad y que niveles más altos de contacto con las personas del círculo familiar podrían actuar como factores de protección ante los sentimientos de soledad en la mayoría de los casos (Losada-Baltar et al., 2020).

Teniendo en cuenta el incremento de los sentimientos de soledad y la existencia de posibles factores de protección Bu, Steptoe y Fancourt (2020) realizaron un estudio cuyo objetivo fue analizar la evolución de los sentimientos de soledad de 35712 personas de Reino Unido durante el confinamiento domiciliario de 7 semanas; este trabajo también pretendía detectar los diferentes factores de riesgo que se relacionaban con los sentimientos de soledad, la relación entre las características sociales de las personas y la soledad y la posible existencia de un factor protector que mitigase la relación entre la enfermedad mental y los sentimientos de soledad.

Tras analizar los resultados los autores (Bu et al., 2020) confirmaron lo anteriormente mencionado, es decir, que el ser mujer, ser un adulto joven y ser estudiante eran un factor de riesgo a la hora de desarrollar los sentimientos de soledad y, entre los factores protectores se incluyeron la convivencia con otras personas, vivir en zonas rurales, tener amigos cercanos y un mayor apoyo social percibido.

Los resultados que relacionan el ser mujer y pertenecer al grupo de adultos jóvenes coinciden con otros estudios llevados a cabo durante la pandemia (Losada-Baltar et al., 2020) pero también con los realizados en otros momentos previos a la pandemia (Pinquart y Sörensen, 2003). Sobre la asociación entre los sentimientos de soledad y la depresión son varias las investigaciones que han relacionado las relaciones sociales, los sentimientos de soledad y la evolución de la sintomatología depresiva (Van Den Brink et al., 2018).

A pesar de que los resultados sitúan a los adultos jóvenes como población de riesgo a la hora de desarrollar los sentimientos de soledad, no nos podemos olvidar de otro colectivo que, como bien hemos dicho antes, ha tenido que mantener las medidas restrictivas durante un periodo de tiempo más largo: las personas mayores.

A lo largo de estos meses hemos podido escuchar muchas veces que la sintomatología y las consecuencias de la COVID-19 eran mucho más graves para este colectivo y, según los datos del estudio de Oxford (Oxford COVID-19 Evidence Service, 2020) el riesgo de mortalidad es del 3.6% para las personas de 60 años, aumentando hasta el 14.8% para las personas de 80.

Durante este año también han surgido varios debates sobre el grado de atención que realmente merecía este colectivo en comparación a otros grupos de edad. Todos estos debates pueden provocar que las propias personas mayores minusvaloren su propia valía y que incrementen la percepción de ser una carga para las personas de su entorno, favoreciendo a su vez la aparición de sentimientos de soledad y el aislamiento social. En el caso de las personas mayores es importante recordar que, normalmente, suelen tener una red social más reducida que las personas más jóvenes debido a diferentes situaciones vitales como puede ser el fallecimiento de personas cercanas o que es más probable que se aíslen por problemas físicos (Cohen-Mansfield, Hazan, Lerman & Shalom, 2016).

Es importante también hablar del impacto que han tenido estas medidas en las personas que viven en las residencias puesto que no han podido recibir visitas de familiares o de amigos, lo que ha podido provocar mayores sentimientos de soledad y de aislamiento social también.

Por estos motivos y por las consecuencias ya mencionadas de la soledad en el estado de salud físico y mental de las personas, es importante que les ayudemos  a que se sientan más integradas en la sociedad y a reducir los discursos discriminatorios hacia ellas ya que así contribuiremos a  que se sientan más activas y partícipes del mundo en el que vivimos algo que, probablemente, favorezca también a su estado físico (Hartmann-Boyce, Davies, Frost, Bussey & Park, 2020)

Como conclusión, no hay duda de que la situación provocada por la COVID-19 ha generado cambios drásticos en nuestra forma habitual de relacionarnos con las personas de nuestro entorno y, además de un importante reto de salud física, también está suponiendo un gran reto para la salud mental. Como ya se ha dicho, los sentimientos de soledad se han relacionado con un mayor riesgo de desarrollar sintomatología depresiva y trastornos de ansiedad, así como una peor salud mental en general.

Teniendo en cuenta estás evidencias y a pesar de que la COVID-19 resulta una enfermedad de la que todavía nos queda mucho por saber es importante seguir investigando sobre las consecuencias que puede tener esta pandemia mundial en nuestra salud mental para evitar peores consecuencias de cara a futuro.

Mientras tanto, cuídense.

Amaia Arregi Amas

Psicóloga General Sanitaria y Psicogerontóloga.

 

Bibliografía

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