El envejecimiento de la población es uno de los principales cambios sociodemográficos de estos últimos años y, aunque es un indicador de los avances médicos que están aconteciendo, también tiene como consecuencia el incremento de la prevalencia de los diagnósticos de diferentes enfermedades crónicas, donde se incluyen los diferentes tipos de demencias.

Una de las características que frecuentemente asociamos a la vejez es el sentimiento de soledad, no obstante, hay que remarcar que no es una realidad normativa de este grupo de edad. El sentimiento de soledad se caracteriza por ser algo subjetivo, individual, cada persona lo experimenta de una forma diferente y no presenta ningún signo observable y objetivo (Pinazo y Bellegarde, 2018).

La soledad se empezó a investigar durante las décadas de los 70 y los 80, siendo Robert S. Weiss, Leticia Anne Peplau y Daniel Perlman los autores más destacados en el tema, si bien no nos podemos olvidar de Jenny de Jong Gierveld creadora de una de las principales escalas de valoración del mismo.

A pesar de que existen varias teorías para definir la soledad, Weiss (1983) la definió como “un pensamiento que puede surgir en diferentes momentos de la vida y que puede afectar a cualquier persona, independientemente de su género, edad y otra característica sociodemográfica”. Dentro del constructo de soledad podemos diferenciar la soledad emocional y la soledad social. La primera tiene como causa principal la falta de una figura de apoyo y suele darse más frecuentemente entre las mujeres; en cambio, la segunda, más frecuente entre los hombres, surge a raíz de que la persona va perdiendo a diferentes miembros que formaban su red social, tales como familiares y amigos. La diferencia principal con el aislamiento social es el mencionado carácter subjetivo de los sentimientos ya que el sentimiento de soledad lo pueden desarrollar personas que cuentan con una amplia red social; es decir, contar con una amplia red social no asegura que la persona no se sienta sola y viceversa, una limitada red social no producirá siempre un sentimiento de soledad.

Las relaciones sociales actúan como factores protectores de la salud y el bienestar de la persona y existen claras evidencias que indican las consecuencias negativas que tiene el aislamiento social definida como “la falta objetiva de una red social más amplia” (de Jong Gierveld, van Tilburg y Dykstra, 2006).

Durante el proceso del envejecimiento vivimos una reducción de los diferentes factores asociados a las relaciones sociales. Cuando envejecemos anteponemos las relaciones de mayor calidad a la cantidad de las relaciones, dando mayor importancia al bienestar que nos ofrecen; por otra parte, debido a los procesos normativos del envejecimiento como las enfermedades, grados de dependencia o fallecimientos, ocurre una tendencia a la reducción de las redes sociales; ambas características favorecen el desarrollo de soledad.

Varios estudios han coincidido en que la calidad de las relaciones que tiene una persona juega un papel más importante en el riesgo de desarrollar o no estos sentimientos de soledad, pero, a pesar de estas evidencias, pocos se han centrado en investigar los sentimientos de soledad en las personas mayores, menos aun en aquellas que han sido diagnosticadas de algún tipo de demencia.

Los datos a nivel europeo para la población de las personas mayores en general indican que existe una mayor prevalencia de los sentimientos de soledad en los países de Centroeuropa y sur de Europa. Los datos correspondientes a la población española indican que la prevalencia oscila entre el 10 y el 18%.

Las consecuencias de los sentimientos de soledad afectan tanto a la salud física como mental de las personas, donde se pueden destacar el aumento de la presión arterial y mayor riesgo de desarrollar alguna enfermedad cardíaca, así como un incremento del riesgo de mortalidad. En lo que respecta a la salud mental, se ha observado que los sentimientos de soledad disminuyen las horas de sueño y aumentan las horas de vigilia, generan más síntomas depresivos, una peor valoración del estado de salud subjetiva y de la calidad de vida y un deterioro funcional.

A pesar de que estos dos factores, la soledad y las demencias, están muy presentes en nuestra sociedad son pocos los estudios que las han investigado de forma conjunta. Actualmente se estima que los afectados por algún tipo de demencia alcanzan la cifra de los 50 millones a nivel mundial y, según los datos de diferentes previsiones, este número ascenderá hasta los 152 millones en el año 2050.

Las demencias se caracterizan por una progresiva pérdida de las capacidades cognitivas y funcionales y, por lo tanto, también de la calidad de vida; por este motivo resulta importante y necesario identificar aquellos factores que puedan ayudar a mejorar la calidad de vida de las personas afectadas. Uno de los factores más influyentes es el sentimiento de soledad anteriormente mencionado. Como bien se ha dicho anteriormente, no existen muchos estudios que han incluido a estas personas en sus estudios; no obstante, un estudio con población sueca (Holmén, Ericsson y Wimblad, 2000) concluyó que el 53% de los participantes que habían sido diagnosticados de algún tipo de demencia presentaban una mayor probabilidad de desarrollar estos sentimientos en comparación con las personas que no tenían este diagnóstico.

Victor et al., (2019) durante el 2014 y 2016 investigó la prevalencia de los sentimientos de soledad y sus determinantes, utilizando para ello 1445 participantes. Los resultados finales de este trabajo indicaron que el 30% de los participantes referían sentirse moderadamente solos y un 5% gravemente  solos; además estos sentimientos se relacionaban con síntomas depresivos, aislamiento, vivir solos y una baja calidad de vida.

 

Cabe destacar que algunos autores defienden la teoría de que las demencias actúan como factores de riesgo para el desarrollo de los sentimientos de soledad. En este caso, la demencia podría alterar la percepción de la persona afectada provocando sentimientos de abandono, o debido  a la pérdida de la capacidad de relacionarse con las personas de su entorno lo que genere estos sentimientos. Las dificultades de comunicación y compresión, los problemas de atención y memoria, así como de reconocimiento de las expresiones faciales de las personas del entorno pueden hacer que la persona se sienta incómoda en estas situaciones y que decida no participar en las mismas.

A modo de resumen podríamos decir que, a pesar de que existen claras evidencias que demuestran la alta prevalencia de tanto los sentimientos de soledad como de los diferentes tipos de demencia y la relación entre ambas todavía queda mucho por investigar ya que los datos que existen son escasos y no permiten sacar unas conclusiones consistentes.

En resumen, creemos que la soledad además de empeorar la calidad de vida puede ser un factor de riesgo que aumente el deterioro cognitivo de las personas con demencia. Pero falta por conocer los mecanismos específicos que contribuyan al sentimiento de soledad en estos pacientes y qué medidas podrían evitar o mitigar su aparición.

Amaia Arregi Amas

Psicóloga General Sanitaria y Psicogerontóloga