
Amaia Arregi Amas
Psicóloga General Sanitaria y Psicogerontóloga.
Está sentada en su silla de ruedas al sol, con su manta de cuadros azul clarita y blanca, con una pamela y gafas de sol Ray Ban, porque ella siempre ha sido muy pizpireta, igual que sus dos hermanas y su madre, ellas también siempre iban bien arregladas, porque, aunque eran de caserío, decían que era “casa de categoría”. Le gusta ese sitio, porque desde allí puede ver el barrio donde nació hace casi 98 años, es la única que queda de aquel palacio llamado Olate.
Echa de menos la vida que había en la calle antes, cree que ahora vivimos ensimismados en nuestras cosas, todo el día corriendo y a lo nuestro, “siempre delante del cacharrito”. Cuando vivía en su barrio, trabajaban sí, y mucho además, pero también compartían (con los que querían claro, que tampoco eran tontos) y hablaban, saludaban y se ayudaban, eso ella ahora no lo ve, en realidad ve a poca gente y eso no le gusta.
También echa de menos a su familia, dice que siente un agujerito que lo tiene lleno de recuerdos, de cómo saltaban, hacían carreras, jugaban con cualquier cosa que tenían en casa y bailaban en la plaza del barrio, que se les daba muy bien, que si por ella fuera lo podría demostrar pero, ay, las piernas… A veces ahí se esconde la soledad, adoptando diferentes formas, siendo camaleónica y no siempre haciendo ruido pero estando presente todos los días.
Se pone bien la pamela y lanza un beso hacia Murumendi mientras me aprieta la mano y, como su hermana, me recuerda que todo se cura con chocolate con un perfecto hika.