Durante los años 2018-2019 en Aubixa Fundazioa se convocaron diversos grupos dentro de una investigación sobre el pacto intergeneracional: por un lado jóvenes -mujeres y hombres- entre casi los veinte  y un poco más de treinta años; por otro, personas adultas entre los cuarenta y cincuenta; y finalmente, hombres y mujeres mayores de 65 años. Siguiendo una metodología precisa, entre otras cuestiones, se les preguntó/planteó cómo ven su vida actual, si estarían dispuestos a cuidar a otros, a “reciprocar” (por decirlo así) vistas las condiciones de vida actuales y, en caso de necesidad, si estarían dispuestos a modificar su nivel y calidad de vida por que otros también vivan mejor.

Resumiendo inevitablemente de forma excesiva los mayores creen que lo que tienen se lo han ganado, que han sido unos luchadores, unos “tiraos palante”. Creen que este -el de vivir la jubilación- es su momento, después de haber soportado lo indecible (“¿Sabéis que hubo un dictador?- pregunta uno de ellos a los jóvenes”), de haber trabajado como mulas, de vivir en condiciones penosas (“Yo me casé, me compré un piso, no teníamos muebles, cocinaba con un “camping gas”, dormíamos en el suelo, tuve tres hijos… y fuimos felices”), de haber cuidado (ellas) de padres, hijos y familia política. No quieren perderse nada, porque ahora, ¡por fín!, les toca a ellos. Ya hacen (dicen ellas y ellos), además, muchas cosas: ayudan a los hijos, cuidan de los nietos, cuidan de su salud, de su cerebro….  Quieren alcanzar el don de la “eterna madurez”, seguir siendo adultos (mayores, pero adultos) durante muchos años; aunque para nada quieren oír hablar de la discapacidad o la dependencia (que no ha estado representada), y mentarla, es peor que nombrar al diablo. Saben que este es el último vagón del postrero tren. Admiten que no dejan un mundo perfecto, pero consideran que son los jóvenes los que tienen que arrear. Sorprende que ante la evidencia de que los jóvenes viven una vida “complicada”, que el ascensor social se ha parado, que los límites de una vida digna se estrechan, que no se creen ellos mismos capaces de hacerse cargo de sus vidas para mejorarlas; miran para otro lado, eluden confrontarse con ellas, apartan lo que les pueda incomodar.

Quizá porque se perciben perdedores, sorprende que al menos teóricamente los jóvenes estén, a pesar de sus condiciones (precariedad, expectativas llagadas, inseguridad, imposibilidad de desarrollar un proyecto de vida autónomo, etc.) más dispuestos a “reciprocar”, al menos “ a priori” que sus congéneres mayores. Los jóvenes que han asistido a estos grupos son, por supuesto, muy diversos: los hay que han sido buenos estudiantes de FP o carreras demandadas, que ven el futuro despejado; también los hay -buenísimos estudiantes- de formación no tan apreciada por el mercado laboral; los que conducen un taxi siendo licenciados, los que han emigrado y han vuelto, los que llevan mucho tiempo sin trabajar, los que encadenan (más o menos) contratos a tiempo parcial, los que han vuelto a casa de sus padres, los que no pueden volver, los que trabajan en hostelería, o cuidan a niños y mayores. Condensando quizá en exceso hay tres grupos principales: los que no llegan a los veinte años, están estudiando todavía y miran con cara de pasmo a los de más de treinta años; los de veintitantos que ven aproximarse un futuro escabroso comienzan a expresar quedamente que pintan bastos, que se sienten atrapados, que nos engañaron; y los treintañeros. Los de treinta y más, que estudiaron una carrera, dos másteres, que tienen el “Advanced”, que se fueron de Erasmus y han sido emprendedores, que solo tienen un hijo o ninguno porque después de varios años de vida laboral no ganan los suficiente para poder tener una vida plena aunque trabajen de ocho a ocho, que se sienten traicionados por aquellos que les prometimos un mundo feliz, que viven frustrados; y muestran, lo que Marina Garcés en la “Nueva ilustración radical” escribe certeramente : “lo que se padece es una impotencia vinculada a la imposibilidad de ocuparse y de intervenir en las propias condiciones de vida. Es el fin del tiempo vivible…. Un nuevo sentido de la desesperación” (pag. 20).

Dos cuestiones destacan entre las horas y horas de trabajo en grupos: la lejanía generacional afectiva que marcan los mayores respecto a los jóvenes, y la resignación teñida de frustración y desencanto de los jóvenes. Respecto a los mayores, no es que no se lo hayan ganado: ¡por supuesto que sí!. Tener una pensión digna es un derecho (al menos moral), trabajaron duro para ello, y nadie debería pretender utilizar esta situación de falta de comprensión intergeneracional para bajar un ápice su nivel de vida. Se trata de su perspectiva como “grupo” (si esto existe), de cómo se colocan ante el resto de la sociedad. Caben muchas posibles explicaciones a este hecho, seguro que existen diferencias individuales enormes, pero una resuena con fuerza y es externa al colectivo: las políticas de envejecimiento de los últimos años (cuya aportación es innegable) han colocado al colectivo de los mayores en una posición muy “hacia su propio envejecimiento” espoleados por cuidarse y retrasar la fragilidad y la dependencia, objetivos sin duda loables pero orientados hacia su persona; y poco, en la aportación de los mayores hacia el bien común, que si se realizara de facto, aportaría a quien la realiza apreciables beneficios personales, sin duda, mayores y mejores que permanecer sumergidos en la mismidad. Aunque se ha mencionado anteriormente conviene volver a decirlo: los mayores hacen cosas por sus semejantes, pero esto no impide una visión “centrada en su persona”, que en el fondo tiene algo de “proteccionismo”, y no estamos hablando de personas dependientes, sino de adultos en plenas facultades. No se quiere señalar que estas políticas sean las responsables de la falta de cercanía emocional a las situaciones de los no-mayores, pero si que nutren una manera de estar en el mundo hacia dentro del propio colectivo, poco empática con el resto, poco puesta, si se quiere, en la reciprocidad e interdependencia, y más en el autocuidado. ¿Es necesario en la segunda década del siglo XXI “proteger” a los “adultos mayores” que son capaces cien por cien y ciudadanos de pleno derecho?.

Si los mayores conforman un colectivo heterogéneo, el de los jóvenes no lo es menos. Claro que hay jóvenes consentidos y sobreprotegidos, los hay que no dan un palo al agua, los que rehúyen el esfuerzo, los que no quieren trabajar los fines de semana, ni independizarse ni….; pero también los hay de otro pelaje… los que no lo tienen fácil, los que se sienten burlados por un mundo adulto que les prometió lo que ahora les secuestra, que se sienten chantajeados por una realidad que no les permite tener un proyecto autónomo de vida porque no pueden acceder a una vivienda, ni tener los hijos que desean, ni vivir una vida digna, ni un sueldo que les permita soñar un poco. Estos jóvenes que son la mayoría de los que han participado en estos grupos -y que es muy probable que no representan a la totalidad de los jóvenes- se sitúan cara al cuidado de sus mayores con mayor cercanía y proximidad que la de los mayores a su situación.  Es obvio que muchos jóvenes no saben lo que significa el cuidado de una persona con demencia y las devastadoras consecuencias del mismo en el entorno circundante, tampoco lo saben la totalidad de los mayores; pero al menos dicen estar dispuestos a cuidar. Cuando les preguntamos si estarían dispuestos a cambiar su vida por sus padres, a llevarles al baño, a darles la comida,…, dicen que si, que se lo deben, que no es su plan preferido, pero que están dispuestos a ellos, que sus padres han hecho muchas cosas por ellos, que no podrían dejarles de lado. Tienen, en todo caso, miedo a no poderlo cuidar por trabajo, por vivir en otro lugar, por no ser capaces, por no tener dinero,…., pero quieren cuidar, aunque puede existir cierta ingenuidad en su postura.

No hay espacio para entrar en detalles pero una lección aprendida es que rearmar el pacto, hacer una nueva lectura del mismo, no va a ser fácil. Las fuerzas disgregadoras que amenazan con fragmentar esta sociedad tienen una fuerza inusitada y el discurso que podemos contraponer parece, en este momento y sino hacemos algo más,  un brindis al sol.

Javi Yanguas

Psicólogo. Director de Proyectos de la Fundación Aubixa