Existe un debate abierto sobre si la vejez debe considerarse o no una enfermedad. En este boletín, Javier Yanguas, psicólogo y Jose Felix Martí Masso Neurólogo debaten con posiciones opuestas sobre el tema. Pretendemos que reflexionen sobre ello, tomen opinión y no se sorprendan cuando lo oigan.

Las ventajas de considerar la vejez como una enfermedad

JF Martí Massó.

Presidente de la Fundación Aubixa

Catedrático emérito de neurología UPV/EHU

 

La vejez es una etapa de nuestra vida que todos deseamos alcanzar.  El aumento de la esperanza de vida  requiere una nueva comprensión científica de cómo extender y mejorar la salud a lo largo de nuestras vidas más largas.

 

La vejez comporta una serie de cambios fisiológicos, que aunque variables de unas personas a otras son prácticamente inevitable, tales como la atrofia de la piel con aparición de arrugas,  la disminución de la velocidad de la marcha, la alteración de memoria, la pérdida de la fluidez verbal, y muchos otros. Además la vejez es un claro factor de riesgo de muchas enfermedades: cataratas, hipertrofia benigna de próstata,  cáncer de próstata, ictus, osteoporosis y sobre todo de muchas enfermedades neurodegenerativas: Alzheimer, Demencia con cuerpos de Lewy, etc.

La forma de envejecer es muy variable. La progeria es una enfermedad que cursa con vejez prematura y posiblemente otras enfermedades como la distrofia miotónica también provocan envejecimientos precoces. Hay individuos a los 60 años que nos parecen viejos , y algunos a los 85 años con pocas arrugas, marcha y postura adecuadas y buena situación cognitiva. Hoy la vejez ha dejado de ser una incógnita desde el punto de vista biológico. Conocemos muchos de los mecanismos genéticos, moleculares y celulares por las cuales la vejez ocurre.

 

Algunos cambios que antes considerábamos  el “envejecimiento normal” en realidad representan factores de riesgo importantes que requieren tratamiento y que existe una oportunidad para la prevención. Por ejemplo, la mortalidad debida a enfermedades cardiovasculares se ha reducido drásticamente incluso en el grupo de mayor edad. Dado que la mayoría de las muertes por causas cardiovasculares ocurren después de los 65 años, esta disminución ha contribuido significativamente a aumentar la esperanza de vida en la vejez. Otro ejemplo es la hipertensión sistólica aislada, que anteriormente a menudo no se trataba en las personas mayores y ahora se reconoce como un factor de riesgo tratable de accidente cerebrovascular.

 

No es fácil diferenciar las alteraciones propias de la vejez de síntomas debidos a enfermedades asociadas. Hoy sabemos que los cambios característicos de la enfermedad de Alzheimer en el cerebro empiezan 20 años antes de que comiencen los síntomas y que el 75% de la población de más de 65 años los tiene en el cerebro. ¿No es lógico suponer que la pérdida de algunas capacidades intelectuales que sufrimos en la vejez sean debido a estos cambios?.

 

Definimos la enfermedad según la Organización Mundial de la Salud (OMS), como la  «Alteración o desviación del estado fisiológico en una o varias partes del cuerpo, por causas en general conocidas, manifestada por síntomas y signos característicos, y cuya evolución es más o menos previsible”. La enfermedad no existe en el mundo de las cosas. Es un concepto que los hombres hemos creado que engloba a muchas cosas diferentes que nos sirve para entendernos y progresar en nuestros conocimientos.  Pero este concepto no tiene unos límites claros y estos límites son cambiantes: por un lado tenemos enfermedades que no cumplen los criterios mencionados (o no se conoce la alteración fisiológica, o no conocemos las causas, o son asintomáticas, o tienen una evolución imprevisible). Por otro lado tenemos la dificultad en separar  la enfermedad como entidad nosológica de algunos síndromes. O también tenemos  dificultades para decir si determinadas alteraciones de ánimo o de conducta son normales o patológicas.  Y además la clasificación de las  enfermedades actuales es diferente a la del siglo XV y probablemente a la del 2040.

 

La vejez cumple todos los criterios de enfermedad de la OMS. Hay una serie de alteraciones en nuestro cuerpo, la causa es el paso del tiempo, pero también hay una serie de factores causales (genéticos, exposición al sol, tabaco, tóxicos, alimentación, estrés, soledad…) que modifican la forma de envejecer, tiene unos síntomas característicos y tiene una evolución previsible.

El hecho de considerar a la vejez como una enfermedad es algo relativamente reciente y tiene sus ventajas:

  1. Se aborda como algo que no es inevitable. Muchos me corregiréis diciendo que la vejez es inevitable.  Pero si vemos que las formas de envejecer son muy diferentes, trataremos de prevenirla en lo posible.
  2. Se estudian sus causas como se estudian las causas de las enfermedades.
  3. Se investigan los fármacos anti-envejecimiento como se hace con los antineoplásicos. Sabemos que la restricción calórica, la rapamicina, la eliminación de células senescentes y la activación de sirtuinas aumentan la salud y la vida de los animales. En humanos se están realizando ensayos clínicos para retrasar el envejecimiento y es posible que se vislumbren algunas estrategias eficaces

Tenemos la esperanza de que las medidas anti-envejecimiento (actividad física e intelectual, estilo de vida, dieta, medio ambiente, fármacos) sean capaces de retrasar las enfermedades de la vejez, y especialmente la enfermedad de Alzheimer.

Soy consciente de que considera a la vejez como una enfermedad puede ser una forma más de estigmatizar la vejez, y ofrecer una visión pesimista de esta etapa de la vida que sin duda tiene aspectos positivos como la experiencia, la mejor capacidad para tomar decisiones, o la homeostasis emocional.

Quiero recordar que la enfermedad no es una maldición divina, que no somos nosotros culpables de la mayoría de ellas y debemos desterrar  la connotación social negativa. Considerar la vejez como una enfermedad debe ser una forma de abordar científicamente el problema del envejecimiento, prestando atención y buscando soluciones que mejoren la calidad de vida de las personas que tenemos muchos años.

¿ESTAMOS ENFERMOS DE VEJEZ? LOS LIMITES DE LA INMORTALIDAD

Javier Yanguas.

Aubixa Fundazioa

 

De Espronceda a Kundera; de la ambrosía a beber del Santo Grial (la copa de la última cena que buscaba tan denodadamente Indiana Jones); del vampirismo al “elixir de la vida”; de las bondades del aliento de las bellas ninfas de la época romana, del que se creía que conservaba jóvenes a quienes lo absorbían, al Gerovital H3 de la doctora Aslam; antioxidantes versus radicales libres; de los baños de sangre de la condesa rumana Isabel Barthory (hallaron en su castillo numerosas muchachas torturadas en distintos estados de desangrado y un montón de cadáveres por los alrededores, porque utilizaba la sangre de las mujeres jóvenes para bañarse en ellas y seguir siendo bella) a los beneficios del té Kombucha, a los tratamientos termales antienvejecimiento de la “jet society” o a las cremas anti-aging con liposomas, ribosomas, retinol y ácido hialurónico; de Cleopatra y sus baños en leche de burra a Matusalén; de la bondad de las células de fetos animales y humanos para conservar la juventud a ‘vender el alma al diablo’. ¡La Humanidad siempre ha deseado acabar con la muerte! Lo dice el Génesis (3, 4-5): “Replicó la serpiente a la mujer: De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses…”. ¡Seréis como dioses! Esta es quizá la aspiración.

El objetivo de este artículo no es profundizar en las posibilidades de vivir eternamente o discutir si la vejez es o no una enfermedad, sino ahondar en la necesidad de reflexionar sobre algunas cuestiones relacionadas con la extensión indefinida de la vida, que a veces se desdibujan entre titulares pomposos de periódicos generalistas que nos anuncian el fin de la muerte, la liquidación del dolor y el sufrimiento.

Primera. Si la vejez fuera una enfermedad, todos estaríamos enfermos, la Humanidad entera. Imagino que existirán intereses variados detrás de una vida bio-medicalizada, pero vivir, lo que es vivir con negrita y subrayado, creo que no es factible bajo modelos de este tipo. No es ir en contra de la investigación ni del avance científico, es poner encima de la mesa los límites éticos, que son anteriores y deben de regir la investigación relacionada con la vejez y la prolongación de la vida.

Segundo. Hasta ahora hemos sido sujetos pasivos de la evolución natural; a partir de ahora, lo que en el fondo se plantea con ser inmortales es convertirnos en ‘diseñadores’ de nuestro futuro. Transformar la oración, como nos pedían que hiciéramos en el colegio, de “pasiva a activa”, pasar de ser sujetos pacientes de la evolución a sujetos agentes que controlan y diseñan su futuro a su antojo. Antes de seguir para adelante, necesitamos discutir y construir un sistema de coordenadas ético nuevo. Discutirlo antes que los desarrollos científicos nos pasen por encima, sin control.

Tercero. Acabar con la muerte (no con la vejez, que ya discutiremos más adelante), vivir eternamente por decirlo así, es modificar la condición humana, transformar el ciclo vital y su delicado equilibrio entre lo físico, lo social, lo motivacional, lo cognitivo, lo afectivo, el sentido de la vida, la autorrealización… Sin esta armonía la vida humana, por larga que sea, puede verse perturbada. Desconocemos las consecuencias. ¡Abordémoslas!

Cuarto. Vivir indefinidamente supone la abolición de ciertos límites, pero quizá no de todos. Los limites son imprescindibles para la vida. ¡Cuidado con una vida sin límites!

Quinta. La condición humana es vulnerable. Por ello, en la idea de vivir eternamente  subyace una cierta abolición de la vulnerabilidad; y la “condición vulnerable” nos facilita comprender que nada es permanente, que estamos sujetos a multitud de eventualidades que están fuera de nuestro control. La vulnerabilidad nos ayuda a vivir y a sentir vivos, a disfrutar, a buscar, a saborear la vida.

Sexto. Para vivir necesitamos tener un proyecto, luchar, comprometernos, pelear por lo que deseamos, aprender, auto-realizarnos, tener ilusiones, compartir con otros… Vivir no es exclusivamente una cuestión temporal y ampliar el límite del tiempo de vida no significa vivir. No confundamos las cosas.

Séptimo. ¿La extensión de la vida será para todos? ¿O solo una élite podrá pagar dichos tratamientos, ahondando las diferencias sociales, como de hecho ya ocurre ahora, con la criogenización? Porque si esto es así, también deberíamos de saberlo y decidir sobre ello.

Y una última cuestión. ¿Se acuerdan de la fábula de Titonio? Titonio, un simple mortal, se enamoró de Eos, diosa de la aurora. Eos, inmortal y deseosa de vivir para siempre con su amado, suplicó al todopoderoso Zeus que concediera la inmortalidad de los dioses a Titonio. Zeus accedió, pero al conceder la inmortalidad a Titonio se olvidó de otorgarle también el don de la juventud eterna. Como resultado, Titonio llegó a envejecer y, con el paso del tiempo, se sentía cada vez más y más frágil, hasta llegar a suplicar su muerte.  Los humanos tenemos muy buena memoria retrospectiva, pero somos muy malos analizando el futuro. Cuando pensamos en vivir eternamente, intuitivamente nos proyectamos dentro de veinte o treinta años en las mismas condiciones que estamos ahora, y esto no es así. Todos los que trabajamos sobre la vejez conocemos bien las consecuencias del paso del tiempo, tanto físicas como psicológicas o sociales; y sabemos que también el proyecto vital se puede agotar, que la motivación decrece, que a veces, aunque uno esté bien, cuesta vivir. Cuando pensemos en la vida eterna, pensemos en Titonio. Porque quizá lo que queremos no es tanto vivir eternamente, como el don de la eterna juventud.