La vejez y el envejecimiento están experimentando cambios trascendentales que transformarán en no demasiado tiempo de forma significativa las concepciones que de ellos tenemos aumentando todavía más la complejidad y variedad del colectivo de personas. Así en lo que llamamos “envejecimiento” convivirán (de hecho ya lo hacen) las personas mayores jóvenes -teóricamente son “mayores” ya que tienen más de 65 años- en excelente estado de salud, que cuidan a tiempo parcial de otros (más mayores o más jóvenes que ellas), que son el centro de gravedad de la solidaridad familiar; con aquellos mayores que sobreviven más que viven debido a las pérdidas que sufren, a la soledad que padecen, a la vulnerabilidad que sienten, etc. Están los que tienen años pero no se sienten “viejos”, al menos “viejos” en su sentido más tradicional, que perciben que su proceso madurativo sigue su progresión, que no han alcanzado su máximo desarrollo personal y se afanan en perseguirlo; con aquellos que -por múltiples motivos- prefieren seguir en los hogares del jubilado jugando a cartas. Están los mayores que necesitan ayuda porque tienen demencia o alguna enfermedad crónica; y los que piensan, ante la percepción de una vejez larga y saludable, que los mayores tienen que seguir aportando a la sociedad, al bien común, que uno se jubila del trabajo pero no de la vida, y necesitan darle a la suya un sentido y un significado, aunque puedan ser “frágiles” en términos “geriátricos”. Y es que la vejez ya dura en muchos casos 20 o incluso 30 años, que son los mismos años que hay entre los 0 y los 20, o entre los 10 y los 40, y en esas años, como en la vejez, pasan muchas cosas.

Además dentro de un tiempo no excesivamente largo, la jubilación tal y como la conocemos dejará -al menos parcialmente- de existir, no tanto porque se demore más la edad de su inicio que parece evidente, como porque -a menos que se tenga un patrimonio importante- las pensiones de jubilación no permitirán una vida de “jubilado” tradicional y tendremos que trabajar para vivir, como ya sucede en otros países. Los mayores, o al menos algunos de ellas y ellos, deberán compaginar trabajo, jubilación, familia, cuidado, vida personal,…., en una vejez que se tornará más larga, pero donde llegarán personas también más capaces física, cognitiva y socialmente, que tendrán que echar mano de su flexibilidad y capacidad de adaptación para afrontar nuevos retos y desafíos.

Algunos artículos y libros sobre vejez empiezan de diversas formas a contar que el ciclo vital ha cambiado. Que la vida en tres etapas niñez, adultez y vejez, se ha transformado en multi-etápica, y que a la niñez, le sigue la pre-adolescencia, la adolescencia, la post-adolescencia, la juventud, la adultez y una vejez que tiene, a su vez, varias etapas todas muy diferentes. Nos debemos de dar cuenta de la complejidad inherente a lo que llamamos vejez, que en ella conviven personas adultas mayores pero no viejas, personas que “sienten la edad” (fragilidad) y aquellos que necesitan ayuda (dependencia), y tanto los profesionales, como los propios mayores debemos de “hacernos cargo” de dicha complejidad.

Es también muy probable que el curso típico de algunas enfermedades “propias de la edad” (como antes se decía) sea alterado de manera notable, permitiendo una mayor extensión de la vida, debido a los frutos derivados de la inversión en investigación y atención en salud y vida saludable. Lo que no está tan claro es como será la vida si se “cronifica” el cáncer o la enfermedad de Alzheimer, ni tampoco quien nos va a cuidar (¿emigrantes?), ni cómo (en casa, en instituciones, ¿en cuales?,….), ni tampoco de qué manera el curso de “vida psicológico”(deseos, expectativas, retos, proyecto de vida…) va a articularse con una extensión de la vida. ¿Se prolongará nuestra convivencia con la fragilidad y la vulnerabilidad cotidiana?, ¿ se ampliará la vida con dependencia aunque ésta no tenga que ser obligatoriamente grave pero si ser intensa la necesidad de ayuda requerida?. En cualquier caso, los avances tecnológicos en general y en inteligencia artificial en particular transformarán nuestra vida y esperemos que nos tengamos que adaptar a una vida mejor, aunque en cualquier caso nuestras necesidades más profundas de compañía, afecto, compromiso, etc., seguirán existiendo.

Juntamente con todo lo anteriormente señalado, las relaciones entre los distintos géneros, entre mujeres y hombres van a transitar de manera significativa hacia un mayor reparto y corresponsabilidad, debido a que se van a alterar los roles tradicionales de género en la vejez, donde muchas mujeres ya no quieren ni ser mayores ni cuidar (¡su “gran tarea”!) como lo hacían su madre y su abuela, reclaman reconocimiento a su labor, miden más el valor de las renuncias personales y sienten la necesidad vital de seguir adelante con sus proyectos personales, además de seguir cuidando, eso si, de otra forma. Los hombres “mayores” deberán comprender e interpretar adecuadamente estos cambios, apoyarlos, asumiendo y viviendo positivamente los retos que se les plantean como una oportunidad de vivir una vida nueva. Lo que ahora son minorías invisibles en el colectivo de mayores adquirirán mayor protagonismo y visibilidad -personas LGTBI, emigrantes mayores de distintas culturas,…- lo que nos abrirá nuevas perspectivas.

Por otra parte, exigencias nuevas sobrevuelan -por fortuna- los servicios para mayores. Los mayores exigen tomar sus propias decisiones, ser dueños de su propia vida, ser agentes activos de su propio destino personal y colectivo, ser tratados como adultos; así que, se acabó “la guarda y custodia”, y lo que se impone es la creación de oportunidades y el acompañamiento.

Estos mayores del futuro reclaman servicios más personalizados donde puedan reconocer su individualidad, donde se les trate con la dignidad que corresponde a todo ser humano, y no con infantilismo disfrazado de “consideración”, deberemos además comprender que la “autonomía” en la vejez se conjuga conel “cuidado”, y debemos atender a ambas dos.

JAVIER YANGUAS LEZAUN

Director de proyectos de Aubixa