Lourdes Pérez

Los niños están respondiendo bien al enclaustramiento porque les habíamos birlado algo tan necesario como la vida hogareña. La especulación doméstica y mañanera, en bata, zapatillas y pelo aún revuelto, me llega por guasap, esa mensajería del diablo que tanto nos comunica y tanto tiempo nos consume (pero no nos quejemos, si existió otra vida antes de los móviles no fue la de este secuestro colectivo al que nos somete el coronavirus). Leo el mensaje y me sorprende. Como una no es ni madre ni padre, siempre tiende a pensárselo dos veces antes de objetar; es menos arriesgado elucubrar desde la ignorancia sobre, pongamos, la energía nuclear con un experto iraní que contravenir las convicciones que lanzan los humanos refugiados en las certezas de la prole. Me atrevo, no obstante, a replicar a mi interlocutora que quizás es aún un poco pronto para sacar conclusiones, que ni siquiera hemos alcanzado la mitad del confinamiento forzoso y que su niña es demasiado modélica para tomarla como referencia del planeta infantil atrincherado entre cuatro paredes por el Covid-19, esa suerte de Herodes postmoderno y global. ‘No, todos se están portando bien’, rebate con el convencimiento de lo incuestionable. Esa demoscopia de andar por casa despierta más dudas que el CIS de Tezanos, pero de repente cae en la cuenta de que ella misma no conoce todavía a ningún progenitor que esté al borde de tirarse por el balcón de esta crisis empujado por la conducta asilvestrada de sus retoños. Y aunque sigue pensando que todo llegará –los balcones se están convirtiendo en la retaguardia de nuestra guerra particular contra el patógeno-, termina diciéndose  que es una tesis sugerente. Que merece la pena darle un par de vueltas a la idea de que lo que nuestros niños necesitan son muchas extraescolares, sí, pero también calor de hogar, afectos no atropellados por las interminables agendas laborales. Ese cariño calmado y duradero que no pocos reciben de sus abuelos. Esos abuelos de los que también les ha separado el Covid-19, por un rato o para siempre. Ganar padres para perder abuelos, esta pandemia tiene mucha mala uva.

Jorge Vizcaino (10 años)

El coronavirus, la peste negra de nuestro sofisticado mundo global –la metáfora ya no es exagerada con casi la mitad de la población del planeta confinada de una forma u otra-, ha robado a los niños las escuelas y las calles, su hábitat de siempre incluso bajo la sobreprotección en la que viven y juegan ahora. Está enseñando a marchas forzadas a los jóvenes lo que significa tener la libertad embridada, aunque dispongan de Netflix, Instagram y cualquier escapatoria virtual a su alcance. Sitúa a los de la edad madura ante la angustia agudizada entre cómo conciliar con los pequeños si no es posible teletrabajar y si tienes la suerte de no sufrir todavía un ERTE y cómo velar por los mayores, sobre todo si están en residencias y hay que escuchar que el Ejército localiza cadáveres de ancianos en ellas, aunque sea a distancia del oasis vasco infectado hoy por el Covid-19. Y ay, los viejos, esa palabra en desuso cuando no debería llevar nada peyorativo en la mochila de sus letras, esos mayores señalados como víctimas propiciatorias de un Mal que les está devolviendo a penurias de antaño que con una vida, ya bastan. Este puñetero virus, este virus puñetero, no solo es global y transversal, un demócrata emboscado que ataca a quien puede y un clasista que se ceba, como todas las penalidades desde que el mundo es mundo, con los más vulnerables. Es también un virus de impacto intergeneracional, que permea a todas y cada una de las generaciones que salen a los balcones cada atardecer a aplaudir a los sanitarios y a conjurar sus temores.

Dicen los gurús y los tuiteros que el Covid-19 va a poner nuestra cosmovisión patas arriba, va a dar un vuelco a nuestra vida, va a hacer que todo cambie. Me lo creo con tantas reservas que, en realidad, no lo creeré hasta que lo vea; y no estoy muy segura de que vaya a verlo. Pero late una oportunidad en que los niños sepan convivir y compartir en el reducto del hogar, en que los jóvenes aprendan que la libertad –la posibilidad de decidir por uno mismo sin cortapisas- no es un eslogan de red social, en que los adultos-adultos se replanteen si todo este andamiaje vital merece tantas energías y en que los mayores-viejos reivindiquen su insustituible lugar en nuestro mundo. Late la oportunidad de reconstruir nuestro pacto social. De redescubrir que somos en la soledad de nosotros mismos, pero también en los besos, hoy prohibidos, de los demás.

Lourdes Pérez

Periodista. Subdirectora DV

Patrona de Aubixa