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Personas que envejecen sin red

Introducción

“Personas que envejecen sin red” es un proyecto que cuenta con la financiación del Departamento de Cuidados y Políticas Sociales de la Diputación Foral de Gipuzkoa y está dirigido por Aubixa Fundazioa; la fecha prevista de finalización es noviembre de 2026.

Las generaciones del baby boom están llegando a la vejez con una conciencia nueva de sí mismas. Han heredado una idea fuerte de la familia, del trabajo, del cuidado y de la obligación; pero también han aprendido el valor de la autonomía, del proyecto personal, del derecho a vivir una vida propia. Quizá por eso su entrada en la vejez está llena de matices, contradicciones y silencios.

No son una generación homogénea. Nada lo es cuando hablamos de envejecer. Hay diferencias muy relevantes de género, salud, clase social, territorio, biografía, red de apoyo y modos de convivencia. Sin embargo, comparten algunos rasgos significativos: llegan a la vejez en mejores condiciones que sus padres y madres, con más formación, más información, más recursos culturales, más conciencia de sus derechos y de sus deseos. A la vez, llegan con menos hijos, menos red, más hogares unipersonales, más divorcios, más vidas reorganizadas y más soledad posible.

Esta es una de las paradojas de la nueva longevidad: se vive más, se llega mejor, pero también se puede llegar más solo.

La generación anterior, la llamada generación silenciosa —los niños y niñas de la guerra— tuvo una vejez más apegada a la familia. Las mujeres hicieron posible, casi siempre, esa continuidad. Cuidaron de manera silenciosa, constante y desinteresada, aunque no siempre sin sufrimiento. La casa, sostenida por ellas, funcionaba como una institución callada. Allí se cuidaba, se envejecía, se enfermaba y se moría.

Hoy esa certeza se ha debilitado. La familia sigue importando mucho, pero ya no lo ocupa todo. Ya no puede ocuparlo todo.

Quienes participaron en el proyecto BIBE, orientado a conocer cómo quieren envejecer las generaciones del baby boom, se definen, en general, como personas muy familiares. No reniegan de la familia. Pero ya no aceptan, especialmente las mujeres, vivir únicamente para ella. Quieren encontrar un equilibrio: estar disponibles sin quedar atrapadas; acompañar a sus hijos y nietos, si los tienen, sin volver a empezar una crianza que ya no les corresponde. Una mujer lo resumía con una claridad difícil de mejorar: “mis nietos no son mis hijos, son hijos de mis hijas”.

Durante mucho tiempo, para muchas mujeres, la vida familiar fue una entrega casi sin negociación. Se cuidaba porque tocaba, porque era lo esperable, porque nadie preguntaba demasiado si se podía o si se quería. Ahora aparecen otras necesidades: hacerse cargo de la propia vida, aprovechar el tiempo que queda, no renunciar al proyecto personal. Hay en ello una especie de deber moral hacia una misma, hacia uno mismo. Después de años de trabajo, crianza, obligaciones y renuncias, muchas personas sienten que tienen derecho, incluso obligación, de vivir su propia vida.

Pero no hay armonía sin disonancia. Decir “no” cuesta. Poner límites a la familia produce culpa. Y la culpa pesa más cuando quienes la sienten han aprendido durante décadas que querer significaba estar siempre disponible. La nueva vejez no elimina el conflicto entre amor y libertad; simplemente lo hace más visible.

Algo parecido ocurre con los cuidados. El cuidado preocupa mucho, pero cuesta hablar de él. En los grupos, cuando aparece la posibilidad de perder autonomía, la conversación se vuelve más lenta; a veces se apaga. Muchas personas prefieren no mentar la bicha, seguir hacia delante, no imaginarse en ese lugar. Sin embargo, casi todas conocen el cuidado. Han cuidado, están cuidando o han convivido de cerca con la experiencia de cuidar. Saben lo que significa,  conocen el cansancio, la ternura, la irritación, la culpa, la ambivalencia, la dependencia y esa intimidad difícil que aparece cuando el cuerpo del otro necesita ayuda para casi todo.

Lo que más pesa en sus relatos no es solo la tarea física, aunque también. Cambiar pañales, bañar, levantar, alimentar, vestir. Lo más duro parece estar en otra parte: en contemplar la pérdida de dignidad de alguien querido, en ver cómo una persona deja de reconocerse a sí misma, en sentir que el deterioro va borrando su identidad, especialmente en las demencias.

Quizá porque han cuidado mucho, y muchas veces demasiado solas, las personas de las generaciones del baby boom dicen que no quieren ser cuidadas por sus hijos. No quieren legarles la carga de sus cuidados. No quieren transferirles esa vida absorbente que han visto en otros o han sufrido ellas mismas. No quieren convertirse en una obligación ni dejar a sus hijos “sin vida”, que es, según perciben, lo que a veces sucede cuando el cuidado lo ocupa todo.

Si en generaciones anteriores los cuidados eran un asunto familiar, estos hombres y mujeres nacidos aproximadamente entre 1957 y 1973, que representan algo más de una quinta parte de la población, empiezan a vivir sus posibles cuidados como un asunto personal. Algo que cada cual tendrá que prever, organizar o resolver por sí mismo.

Las nuevas biografías complican este mapa. En estas generaciones son más habituales las separaciones, los divorcios, las parejas con las que no se convive, la falta de red, los hijos escasos o lejanos, las familias recompuestas. Por eso las respuestas a las preguntas ¿quién me cuidará?, ¿a quién tendré que cuidar?, ¿qué obligaciones nacen de una pareja actual?, ¿qué queda pendiente con una pareja anterior?, ¿hasta dónde llegan los hijos?, se vuelven menos evidentes.

Existe, además, otra cuestión que conviene señalar: la percepción de fragilidad de los apoyos. El apoyo se percibe más endeble, tanto el que se espera recibir como el que se está dispuesto a ofrecer. La tradición del cuidado no desaparece, pero se delimita. Nadie quiere abandonar a los suyos, pero casi nadie imagina cuidar veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año, como hicieron muchas personas de generaciones anteriores. Hay compromiso, sí, pero también necesidad de frontera.

¿Qué sucede con las relaciones en este contexto de cambios familiares y de nuevas formas de cuidar y ser cuidado?

Las personas participantes hablan con inquietud de vínculos más débiles, menos recíprocos, menos comprometidos. Echan de menos formas de apoyo que asocian a épocas pasadas. La vida colectiva parece haberse adelgazado: quizá hay más contactos, pero menos disponibilidad; quizá hay más libertad, pero menos obligación mutua; más autonomía, pero también más intemperie.

Perciben relaciones más líquidas, más vacías, más frágiles. Se sienten menos interdependientes que sus padres, aunque más que sus hijos. Ahí aparece otra contradicción: echan de menos la reciprocidad, la mutualidad y el compromiso, pero reconocen que ellos mismos tampoco desean implicarse demasiado. Quieren apoyo, pero temen quedar atrapados en la obligación de darlo, ansías volver a su comunidad, pero les resulta más sugerente preservar su independencia; desean vínculos significativos, pero con límites.

Hacemos bueno, quizá, el título de aquel libro de Sherry Turkle: Alone Together, Solos Juntos.

La soledad aparece desde el primer momento, más como miedo que como experiencia declarada. Muchos no dicen “estoy solo”, pero sí temen estarlo. La relacionan con las pérdidas, con la vulnerabilidad futura, con la necesidad hipotética de ayuda, con el aislamiento; pero también con algo más profundo: la falta de proyecto para la vejez. Una vida sin proyecto puede volverse una vida en blanco y negro.

Por eso la vida cotidiana se convierte en una cuestión decisiva. Las actividades, los hobbies y los proyectos personales son fundamentales, sobre todo cuando el trabajo deja de organizar el día. Quienes tienen aficiones fuertes —caserío, voluntariado, cultura, montaña, pesca, asociaciones— cuentan con una continuidad. No empiezan desde cero al jubilarse. Simplemente desplazan el centro de gravedad.

Quienes no han construido esas aficiones se enfrentan a un vacío más difícil. Si el trabajo era la principal fuente de identidad, la jubilación puede dejar demasiado tiempo sin forma. Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué hacer con los días cuando ya no hay un horario que los ordene desde fuera?

En los discursos se distinguen, con toda la diversidad que siempre existe, tres modos de imaginar la jubilación.

Un primer grupo quiere vivir al día. Después de años de trabajo, obligaciones familiares y responsabilidades, identifica el bienestar con descansar, no comprometerse, no planificar, no deber nada a nadie. Son más hombres que mujeres. Dicen que ya lo han dado todo, que han trabajado mucho, que ahora les toca descansar. La libertad aparece como ausencia de ataduras. El problema es que, llevada al extremo, esa libertad puede empobrecer la vida, porque el descanso, por sí solo, no sostiene una vida buena.

Un segundo grupo vincula la buena vejez con la actividad. Moverse, llenar el tiempo, acudir a recursos del municipio, organizarse con otros, viajar, hacer cultura, ir al monte, cuidar la salud. Tienen un compromiso con llenar la agenda. Ser un buen mayor parece consistir en hacer actividades. Y la actividad, sin duda, ofrece estructura, relaciones, prevención y bienestar; aunque no obligatoriamente, una vida con sentido.

Un tercer grupo pide algo más. No le basta hacer por hacer. Habla de sentido, espiritualidad, desarrollo personal, profundidad, coherencia con los valores, legado. Estas personas saben que pueden tener por delante dos o tres décadas de vida, y no quieren que esos años se reduzcan a entretenimiento, mantenimiento o agenda llena. Buscan una vida buena en un sentido más exigente. No solo ocupar el tiempo, sino darle dirección.

Aquí se encuentra quizá una de las grandes preguntas a las que deben responder los hombres y mujeres de estas generaciones. Vivir más no resuelve por sí mismo el problema de vivir bien. Al contrario, lo agranda. La extensión de la vida trae consigo el desafío del sentido. No basta con alargar los años; hay que preguntarse qué vida cabe en ellos.

Estas generaciones del baby boom viven una entrada en la vejez profundamente paradójica: quieren vivir su vida, pero siguen vinculadas a la familia; estarían dispuestas a cuidar, pero temen desaparecer cuidando; añoran relaciones, pero temen el compromiso que las relaciones exigen; quieren una vida buena, pero rechazan la exigencia que implica buscarla; les gustaría tener una vida con sentido, pero no siempre aceptan la responsabilidad que exige esa búsqueda.

La nueva longevidad no es solo una conquista demográfica. Trae consigo cuestiones morales, sociales y existenciales a responder. ¿Cómo vivir esos años que antes apenas existían? ¿Cómo organizar el cuidado sin descargarlo de nuevo sobre las mujeres ni convertirlo en un asunto puramente privado? ¿Cómo sostener redes cuando hay menos hijos, más hogares solos y vínculos más frágiles? ¿Cómo cuidar la salud sin reducir la vida al mantenimiento del cuerpo? ¿Cómo hacer de la jubilación algo más que descanso o consumo de actividades? ¿Cómo seguir perteneciendo al mundo cuando el trabajo termina? ¿Cómo tener una vida larga y sobre todo una vida “buena”? ¿Cómo seguir responsabilizándome del futuro de los demás (aunque yo no esté) que es también responsabilidad mía?

Quizá envejecer bien, en esta nueva longevidad, sea hacerse cargo de la propia vida sin olvidar que ninguna vida se sostiene sola.

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