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CÓMO ENVEJECE NUESTRO SISTEMA INMUNE

El estudio del envejecimiento es uno de los objetivos y retos de la investigación biosanitaria desde hace décadas, y ha cobrado mayor importancia a medida que nuestras sociedades envejecen. Se estima que, en pocos años, el 25 % de la población vasca será mayor de 65 años y, como sabemos, la edad es un factor de riesgo para algunas de las dolencias que más nos preocupan, como la demencia o el cáncer.

El envejecimiento es un proceso biológico complejo, de alguna manera separado de nuestro concepto cronológico de la edad. Como individuos, envejecemos a ritmos diferentes, por lo que nuestra edad biológica no siempre se corresponde con nuestra edad cronológica. Además, nuestros tejidos y órganos envejecen de manera distinta según nuestros hábitos de vida o la intensidad de su uso. Las rodillas de un futbolista a los 40 años han sufrido lo suficiente como para parecer las de una persona de 60 en una resonancia; del mismo modo, la piel (por no hablar de los pulmones) de los fumadores envejece prematuramente.

Desde hace unas décadas, conocemos la estrecha relación entre la regulación del sistema inmune —especialmente en lo que respecta a la inflamación— y nuestro sistema nervioso central. Todo esto llevó a nuestro grupo de investigación a abrir una línea hace ocho años para entender cómo envejece el sistema inmune (proceso al que llamamos inmunosenescencia) en el contexto de una enfermedad neurológica y autoinmune como es la esclerosis múltiple.

Las preguntas eran claras: ¿una constante activación del sistema inmune hace que este envejezca más rápido en los pacientes con esclerosis al compararlos con controles sanos de la misma edad? Y, como derivada de esta cuestión: ¿qué influencia tiene esta inmunosenescencia en el tratamiento de la enfermedad? Intuitivamente, parece que no es lo mismo tratar a una persona de 20 o 30 años que a una de 60 o 70 y, por tanto, debemos considerar la edad como un factor determinante en las elecciones terapéuticas.

En los últimos años, hemos podido realizar varios proyectos para intentar contestar a estas preguntas, no solo en el ámbito de la esclerosis múltiple, sino también en el contexto de otras enfermedades neurológicas y en poblaciones mayores sanas o con síntomas de fragilidad. En estos proyectos, hemos tenido que poner a punto en el laboratorio la caracterización de la inmunosenescencia. Al no existir un consenso sobre qué marcadores son los mejores para medir el estado de envejecimiento del sistema inmune, hemos empleado una amplia batería de marcadores celulares, inflamatorios y genéticos.

Cuando nos hacen una analítica de sangre, nos familiarizamos con conceptos como leucocitos, linfocitos T o glóbulos rojos, que son tipos celulares que conforman nuestro sistema inmune. Estos tipos se determinan en función de la presencia de unas proteínas en las membranas de las células que podemos medir con técnicas de laboratorio (concretamente, con una técnica llamada citometría de flujo).

En nuestros estudios, hemos intentado profundizar más en estas marcas celulares para identificar poblaciones asociadas al envejecimiento. Hemos encontrado que hay determinadas poblaciones de linfocitos T y B que se presentan en diferentes porcentajes en los pacientes con esclerosis respecto a los controles sanos de edades similares. También hemos observado que los marcadores de inflamación circulantes en sangre (unas citoquinas que podemos medir en el suero sanguíneo), considerados marcadores de envejecimiento, correlacionan con la edad de manera diferente en pacientes que en controles. Por el contrario, hemos visto que marcadores clásicos como los telómeros no están alterados en nuestro estudio.

Al expandir algunos de estos hallazgos a poblaciones mayores de 65 años, estudiando la fragilidad como factor diferenciador, hemos podido determinar que varios de estos marcadores de inmunosenescencia también nos ayudan a entender el proceso global de envejecimiento.

La investigación sigue su camino y cada nuevo hallazgo abre nuevas preguntas. Lo recorrido hasta ahora nos permite esbozar algunas respuestas: podemos decir que la caracterización de la edad del sistema inmune es una herramienta útil y necesaria para entender la esclerosis múltiple, pero también la neurodegeneración. La activación constante del sistema inmune no produce una inmunosenescencia prematura clara; algunos marcadores muestran esa tendencia, pero otros marcadores nos llevan a la conclusión contraria.

Como casi siempre en biología, no podemos aseverar con certeza absoluta y necesitamos más investigación. Lo que sí sabemos es que el sistema inmune de las mujeres se comporta de manera distinta al de los hombres, y que entre los 50 y 55 años se produce un cambio significativo en sus funciones. La traslación de estos estudios a la práctica clínica debe ayudar a la toma de decisiones en el manejo de los pacientes, objetivando con estos biomarcadores el estado real de su sistema inmune.

Recientemente, hemos publicado un artículo exponiendo los resultados de estos años de investigación en la revista científica Frontiers in Immunology, como un «punto y seguido» en nuestra meta de entender la relación entre edad, inmunología y cerebro.

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