MARITXU

Ayer, después de comer salí a tomar el café de rigor al balcón. Es un vecindario que todavía no conozco y, cada vez que salgo descubro a una persona nueva. En cada piso se ven rutinas diferentes, manías que cada uno tenemos a la hora de colgar la ropa, horarios de cada persona para cocinar, para irse a dormir, programas de radio que nunca fallan, estilos de música diferentes, rezos de distintas religiones, un loro que repite absolutamente todos los sonidos que escucha en ese patio interior…

Hay un balcón en el que, él o la inquilina, tiene una gran pasión por las plantas, las cuida con mucho mimo y del que cuelga un brontosaurio, a lo mejor como vigilante de su tesoro. Tal es su pasión que llegó a grabar durante un mes proceso de crecimiento de una flor durante 24 horas.

En otra casa nunca se apaga la tele, algo que siempre me llama mucho la atención y me hace pensar en diferentes teorías: compañía, interés, aburrimiento, inmovilidad…

Pero ayer fue diferente, ayer descubrí algo nuevo. Ayer conocí a la que siempre tiene la ventana abierta, independientemente del tiempo que haga en la calle. No sé cómo se llama así que… la llamaré Maritxu.

Mientras tomaba el café de rigor como os decía y me entretenía mirando me encontré con la mirada de Maritxu.

Maritxu es una mujer de 82 años, pelo corto, liso y blanco brillante, con ojos muy azules que se le achinan cuando sonríe, se mira las manos cuando habla, siempre lleva bata porque pasa frío y que vive con su hijo. Le gustan las plantas pero las bonitas las tiene en el otro balcón porque da más el sol.

Cuando me vio me saludó, yo le devolví el saludo y me preguntó si estaba “Pitxitxi”. Ante mi cara de desconcierto me explicó que Pitxitxi es el gato del piso de al lado que suele andar de un balcón al otro y que a ella le gusta porque le hace compañía,  y que, por eso, había salido. Le contesté que de momento no había salido pero que si lo veía le avisaría. Sonrió. Siguió hablando y me contó que a ella, más que los gatos, le gustan los perros, que le gustaría tener “un perrito chiquitito, chiquitito, porque son más cariñosos que los gatos” pero que ella no lo pasearía, que lo haría su hijo porque ella tiene Parkinson y le “han quitado hasta de andar” y “que está triste, que se aburre y se siente sola, que por eso, siempre deja la ventana abierta, aunque pase frio, porque Pitxitxi ha aprendido a entrar en su casa y a estar un rato con ella, porque, aunque su hijo la cuida muy muy bien, también tiene que trabajar y en esos ratos…”

La prevalencia de la soledad no deseada en personas mayores a nivel estatal es del 20-30% y existen claras evidencias de las consecuencias negativas que tienen estos sentimientos tanto en su salud física como en su bienestar.

Maritxu es un caso que a mí me ha tocado vivir en el balcón de al lado pero, probablemente todas y todos (o la mayoría) tengamos a una Maritxu o a un Joxemari cerca. Ella explicó claramente que se sentía sola pero no siempre es así, ya sea por vergüenza o por no querer admitirlo, a veces nos toca a nosotras y a nosotros dar el primer paso e intentar suavizar esos sentimientos.

Pitxitxi apareció y yo le prometí seguir tomando el café de rigor con la tertulia pertinente. Maritxu achinó los ojos.

Amaia Arregi Amas
Psicóloga General Sanitaria y Psicogerontóloga
Aubixa Fundazioa