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LOS OJOS DE ENMA

Un viernes por la tarde, en el parque infantil junto a la residencia, Enma empuja el columpio con un ritmo casi exacto, como si el vaivén pudiera sostener el tiempo. Amama repite la misma frase una y otra vez desde el banco. No se da cuenta de lo que ya le ha dicho. No sabe que Enma la escucha igual cada vez. A ratos, cuando el columpio se detiene, Enma saca un libro de la mochila: historias de niños a los que les pasan cosas. Cosas pequeñas y cosas grandes. Cosas que no siempre se entienden. Lee unas líneas, levanta la vista y mira alrededor. Todavía no lo sabe, pero ese lugar, esas voces y esas repeticiones forman parte de algo que un día aprenderá a llamar comunidad.

Después de la visita, Enma se acerca a la plaza del Carmen, como cada viernes. Esta vez es diferente: es Halloween. Ha quedado con sus amigos, niños que empiezan a explorar el barrio sin ir siempre de la mano de sus padres. Van de comercio en comercio en busca de chuches. En la entrada de un supermercado hay un mendigo que canta. Los niños se acercan. Le preguntan si le gustan las chuches. El hombre sonríe y les dice que hace tiempo que no come. Uno de los amigos de Enma le pregunta si le gustaría hacerlo hoy. Comparten lo que llevan y el mendigo sigue cantando.

Los niños creen que han hecho lo correcto. Y, además, les ha gustado hablar con él. Lo han visto como alguien distinto, pero lo han visto de verdad. Cuando regresan al grupo de padres, que toman un vino mientras observan las idas y venidas de sus hijos, cuentan lo ocurrido. Los adultos asienten, sonríen, y uno de ellos dice con tono tranquilo: “muy bien, chicos, pero no os volváis a acercar a alguien que vive en la calle, puede ser peligroso”. Los niños se miran, desconcertados. No habían pensado en eso. Alguno empieza a imaginar que quizá era un fantasma, que quería raptarlos y llevarlos a una mansión abandonada. No olvidemos que es Halloween.

El fin de semana Enma vuelve a ver a amama, esta vez acompañada de su tía. Es su tía preferida. Es periodista y a Enma le fascinan sus historias. Ha vivido épocas convulsas en esta tierra y trata de que su sobrina tenga memoria. Para ella es importante que la niña sepa, que entienda que lo que ocurrió sigue influyendo en lo que somos. Mientras hablan, Enma le confiesa que los viernes, a veces, no lo pasa bien con sus amigos. En el grupo hay una niña a la que casi nadie hace caso y, cuando lo hacen, es para llamarla sapo. Enma la aprecia. Dice que con ella puede hablar de cosas que con otros es imposible. Admira que, a pesar de su timidez, siga intentando formar parte del grupo.

Hay veces en las que Enma renuncia a seguir a los demás para quedarse con ella. Lo hace convencida, pero sabe que no dejar sola a su amiga tiene un precio. Aun así, cada viernes intenta que todos estén juntos. Algunas veces lo consigue. Otras no. A veces le duele no ser la divertida. Sabe que es la amiga a la que se recurre cuando algo ocurre, la mediadora silenciosa del patio, pero en sus once años, a veces, también querría ser simplemente la que hace reír.

Enma todavía no sabe explicar qué es la comunidad. No sabría ponerle palabras. Pero empieza a intuir que tiene que ver con mirar, con quedarse, con no apartarse cuando algo incomoda. Con darse cuenta de que la vida es un cúmulo de cosas que pasan y que formar parte de ella implica aprender a sostenerlas, incluso cuando hacerlo no es fácil.

Llega la Navidad y en el colegio se multiplican las actividades. Muchas de ellas hablan de mirar a los otros, aunque ese mensaje a veces se diluye entre la diversión, los disfraces y el atrezo que rodean estos días. Para cerrar el trimestre, organizan una excursión a una residencia de personas mayores. Una actividad intergeneracional, dice en casa.

Enma ha preparado una postal para una señora que se llama Consuelo. En el colegio les han pedido que no hagan referencia a la familia: muchos de los residentes no tienen, o no van a recibir visitas, y eso podría hacerles daño. Nada más entrar, Enma escucha a una auxiliar decir: “Tenéis que esperar un poco aquí, estamos bajando a los que mejor tienen la cabeza”. La frase la descoloca. Piensa en amama. En lo despierta y feliz que está cuando la ve, incluso en los días en los que repite las cosas.

Cuando por fin se acerca a Consuelo, le entrega la postal. La señora ya no lee. Enma empieza a leerla en voz alta mientras Consuelo le acaricia el pelo y no deja de decirle lo guapa que es. Enma le ofrece la tarjeta. Consuelo la toca, la gira entre las manos, la observa durante un instante. Al poco, la auxiliar se la retira con cuidado y le dice: “Consuelo, te la pongo en tu cuarto, así no se rompe”.

Después, los niños, colocados a cierta distancia de los residentes, cantan dos villancicos. Aplauden. Se despiden. Se van. Enma vuelve a casa decepcionada. Le hubiera gustado quedarse más tiempo con ellos. Su madre, que lleva años trabajando en una residencia, la escucha en silencio. Antes de irse a la cama, Enma le pregunta:

– ¿Siempre es así?

-A veces sí- le responde su madre. Por eso es importante cómo miramos.

Enma, a sus once años, empieza a darse cuenta de que el mundo no es solo lo que pasa, sino lo que hacemos cuando pasa. Que hay miradas que cuidan y otras que apartan. Sin saberlo, va aprendiendo que formar parte de algo no es estar, sino quedarse. Y que esa elección, pequeña y cotidiana, es lo que sostiene la vida en común.