Las generaciones del baby boom están llegando a la vejez. Heredaron de sus antecesores la importancia de la familia, del trabajo, del cuidado y de la obligación; pero también han aprendido el valor de la autonomía, del proyecto personal, del derecho a vivir una vida propia.
Son muy heterogéneos. Hay diferencias muy relevantes de género, salud, clase social, territorio, biografía, red de apoyo y modos de convivencia. Sin embargo, comparten algunos rasgos significativos: llegan a la vejez en mejores condiciones que sus padres y madres, con más formación, más recursos culturales, más conciencia de sus derechos y de sus deseos. También con menos hijos, menos red, más hogares unipersonales, más divorcios, más vidas reorganizadas y posiblemente más aislamiento y soledad.
Las mujeres de la generación anterior, la llamada generación silenciosa, cuidaron de manera callada, constante y desinteresada. La casa, sostenida por ellas, funcionaba como una institución: allí se cuidaba, se envejecía, se enfermaba y se moría. En la actualidad, las mujeres no reniegan de la familia, pero ya no aceptan, vivir únicamente para ella. Quieren encontrar un equilibrio: estar disponibles sin quedar atrapadas; acompañar a sus hijos y nietos, si los tienen, sin volver a empezar una crianza que ya no les corresponde. Ahora aparecen otras necesidades: hacerse cargo de la propia vida, aprovechar el tiempo que queda, no renunciar al proyecto personal. Hay en ello una especie de deber moral hacia una misma, hacia uno mismo.
Algo parecido ocurre con los cuidados. El cuidado preocupa mucho, pero cuesta hablar de él. Aunque lo conocen y saben lo que significa, dicen que no quieren ser cuidadas por sus hijos. No quieren legarles la carga de sus cuidados. No quieren convertirse en una obligación ni dejar a sus hijos “sin vida”, que es, según perciben, lo que a veces sucede cuando el cuidado lo ocupa todo.
Respecto a las relaciones, hablan con inquietud de vínculos más débiles, menos recíprocos, menos comprometidos. Perciben relaciones más líquidas, más vacías, más frágiles. Se sienten menos interdependientes que sus padres, aunque más que sus hijos. Ahí aparece otra contradicción: echan de menos la reciprocidad, la mutualidad y el compromiso, pero reconocen que ellos mismos tampoco desean implicarse demasiado. Quieren apoyo, pero temen quedar atrapados en la obligación de darlo, ansías volver a su comunidad, pero les resulta más sugerente preservar su independencia; desean vínculos significativos, pero con límites.
La vida cotidiana se convierte en una cuestión decisiva. Las actividades, los hobbies y los proyectos personales son fundamentales, sobre todo cuando el trabajo deja de organizar el día. En los discursos se distinguen, con toda la diversidad que siempre existe, tres modos de imaginar la jubilación.
Un primer grupo quiere vivir al día. Después de años de trabajo, obligaciones familiares y responsabilidades, identifica el bienestar con descansar, no comprometerse, no planificar, no deber nada a nadie. Un segundo grupo vincula la buena vejez con participar en actividades. Un tercer grupo pide algo más: hablan de sentido, espiritualidad, desarrollo personal, profundidad, coherencia con los valores, legado. No desean que sus vidas se reduzcan a entretenimiento, mantenimiento o agenda llena. Buscan una vida buena en un sentido más exigente. No solo ocupar el tiempo, sino darle dirección.
Estas generaciones del baby boom viven una entrada en la vejez profundamente paradójica: quieren vivir su vida, pero siguen vinculadas a la familia; estarían dispuestas a cuidar, pero temen desaparecer cuidando; añoran relaciones, pero temen el compromiso que las relaciones exigen; quieren una vida buena, pero rechazan la exigencia que implica buscarla; les gustaría tener una vida con sentido, pero no siempre aceptan la responsabilidad que exige esa búsqueda.