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Un beso y hasta luego

Amaia Arregi Amas
Doctora en Psicología

Llegas un día a casa y la ves. Pero ¿te ve?

Sí. Pero… ¿sí?

—¡Qué bonita estás!

Sigues.

—¡Te he echado de menos!

Pero tienes una mancha aquí… ahí… esto mal, ¿eh? Pero ¿y esto? Esto aquí no…

Y ves que el ambiente está raro. Tienes 16 años. Todo está diferente, pero igual.

Haces tu vida. Ves a tus amigas, estás con tu familia. Eres tú, pero no.

Pasan los días, las semanas, los meses, los años. Todo sigue raro. Se queman las tortillas, te contesta arisca, esconde las cosas.

Vuelves a casa el fin de semana. Ella está diferente. Pasea por las noches, como tú, solo que ella lo hace por los pasillos de casa y a ti te da miedo encontrártela cuando vuelves de la discoteca de tu pueblo.

Es domingo. Te tienes que ir, pero la cabeza se queda.

Sospechas cosas que no quieres que sean verdad, pero todo te coincide.

Siguen pasando los días. Más tortillas quemadas, más gritos, más encogida. «¿Esa quién es?», «vaya culo», kilómetros por los pasillos, conversaciones con la televisión.

Pero también llegan los «me voy a casa por si se ha caído», los «no puedo más», los «he dormido dos horas», los «quiero disfrutar de mi familia y no puedo».

Y un día escuchas un «no sé qué día es, pero bueno…» y a ti te tiembla hasta la última pestaña.

La ves sentada en ese mirador, contando los barcos del pueblo vecino, con su chaqueta etiquetada. Está guapa. Tiene la cara relajada. Tienen la cara relajada.

Después de mucho tiempo se vuelven a mirar con ganas y sonríen. Se dan crema en las manos porque «así se van las manchitas».

Te unes al plan, pero sacas la pelota y jugáis a pases. No falla ni una. No para. Nunca ha parado.

Coméis chocolate. Eso es lo mejor del mundo y punto.

Seguimos relajados. No hay prisas. La gente duerme y disfruta de la familia.

Hace calor. Mucho calor. Y ese día sabes que es el último día que comerás chocolate delante de ella.

No le sueltas la mano.

Te despiertas otro día y notas que se traba en esa canción.

Qué raro…

Vas a la cocina y habláis de la vida. Quiere saber si tienes novio. Le haría ilusión.

Te vas a estudiar. Vuelves y ella está pintando. Siempre pinta. Después se va con las amigas.

Al día siguiente te vuelve a preguntar:

—Y qué, ¿el novio para cuándo?

La ves menos, pero la ves más pensativa. Se ríe, siempre ha sido risueña, pero es una risa diferente. Dice que algo le pasa en esa cabeza y se arregla el pelo.

Hablas con la gente y no te dicen que no, pero la vida te dice que sí. Y los informes te lo confirman.

Ya no se oye el piano en casa, pero la música no deja de sonar durante el día.

Se canta. Se canta constantemente.

Te aprendes más canciones de los 50 y 60 que las que te ponen en los bares a los que sales, pero no pasa nada.

Intenta engañarte para que le des el postre dulce en lugar de las verduras. Te ríes por la jugada. Se ríe. Pero no cuela.

Descubrís que la radio por la noche, esa que ha escuchado toda la vida, ya no es buena idea. Le crea pesadillas. Así que fuera.

Vuelven las gaupasas.

Vuelven también los comentarios.

«Ay, chica, qué pena, ¿no? Con lo que ha sido».

Y tú piensas: sigue siendo.

«¿Se le ha ido la cabeza?».

Y tú piensas: la tiene aquí.

«Bueno, es que con esta edad, ¿qué esperas?».

Y tú piensas: que esté bien.

«Algo ya se le notaba, sí».

Y tú piensas: cuánta neuróloga sin título, por favor.

Hay que encender las luces. Las sombras dan miedo y la televisión, mejor apagada.

La música es el mejor calmante. Con las manos entrelazadas, mejor.

Y cantar.

Cantar todo el rato.

No ganaríamos ningún concurso de talento, pero de actitud podríamos llegar a la final y llevarnos la copa del mundo.

También estar al sol con un mostito con espesante es un buen plan. Y sonreír a toda la gente que saluda. Decir que está muy bien.

Es agradable ver a la gente.

Ya nos cuesta cantar.

Estamos en el hospital y todo es más cuesta arriba. Todo, menos las caricias y las sonrisas.

La lucecita se apaga.

¿Dónde está el color, el calor, el olor,
el charol, el vaivén de La Habana?

La música sigue sonando.

Se apaga la luz.

Muxu ta gero arte.




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